“Evocando imágenes del pasado veo que las llanuras de la patagonia pasan frecuentemente ante mis ojos; sin embargo, todos dicen que son las más pobres e inútiles. Se caracterizan solo por sus posesiones negativas, sin viviendas, sin agua, sin árboles, sin montañas; no tienen más que algunas plantas enanas. ¿Por qué entonces -y el caso no me ha sucedido solo a mí- estos áridos desiertos se han posesionado de tal modo de mi mente?...”, se pregunta William H. Hudson en “Las llanuras de la patagonia”. Al describir sus excursiones por uno de los más tristes lugares de la patagonia, Charles Darwin dice: “...Sin embargo, en medio de estas soledades, sin que exista cerca ningún objeto atrayente, se experimenta una indefinida pero poderosa sensación de placer”… “...Nosotros, aquí abajo, pagamos también humilde tributo a la naturaleza cuya esencia no nos explicamos, que nos es desconocida y que, sin embargo, presentimos en todas las manifestaciones de lo que vemos…”, escribe en “Viaje a la Patagonia Austral” el perito Francisco Moreno.

Petróleo, gas no convencional y agua son algunos de los tesoros del suelo argentino. Otros, aparentemente menos importantes, han convertido la patagonia en un paraíso paleontológico. Al hallazgo de restos de siete especies de dinosaurios -incluyendo el más antiguo del mundo- se reveló hace unos días el Dreadnoughtus schrani (el que no le teme a nada). Colosal, su nombre popular, era hervívoro, vivía cerca del Lago Argentino en Santa Cruz; pesaba 60 toneladas y medía 26 metros de largo. Los paleontólogos de las mejores universidades del mundo se frotan las manos porque el hallazgo aportará datos sobre los titanosaurios. A los comunes mortales no les interesa otro fósil. Pero vale la pena pensar que desapareció hace 77 millones de años y todavía estaba ahí, tal como muchas estrellas de la galaxia Gran Nube de Magallanes, extinguidas hace millones de años y aún brillantes en el bello cielo del hemisferio Sur.